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Cabrujas se niega a desaparecer


Difícilmente las nuevas generaciones de dramaturgos venezolanos podrán escribir o copiar a José Ignacio Cabrujas, pero sí hay un amplio grupo de guionistas de televisión que aprendieron de su maestro y ahora así lo demuestran. Eso lo dice el escritor y crítico Alí Rondón, quien conversó sobre la vigencia de ese intelectual que Venezuela entera aún extraña, durante una especial conferencia que dictó en el Instituto Pedagógico de Caracas.

-¿A que se dedica ahora Ali E. Rondón?
Hace unos días dicté la conferencia Ars Poética de Cabrujas en TV en el Pedagógico de Caracas. Soy docente de postgrado en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello y la Academia de Artes y Ciencias del Cine y la TV. Recién concluí las reseñas de El código Da Vinci: la película de A. Goldsman, Historias fantásticas de S. King, Mandrake. La Biblia y el bastón de R. Fonseca, 1001 Libros que hay que leer antes de morir de P. Boxall y J.C. Mainer, El Capitán Alatriste de A. Pérez-Reverte, Azucena de noche de A. Puerta Marín, Así se escribe una telenovela de V. Álvarez, Olor a rosas invisibles de L. Restrepo, Latidos de humor de Rayma y La loca de la casa de R. Montero. Son una decena de ensayos breves para su publicación en revistas literarias arbitradas. Fue muy bueno haber consignado todo ese material. Así puedo dedicarle más tiempo a la relectura del manuscrito sobre telenovelas argentinas, brasileñas, colombianas, mexicanas y venezolanas que estoy terminando. Se trata de una investigación documental ambiciosa donde sigo muy de cerca esa amalgama de sueños y fantasía con que las historias latinoamericanas entretienen hoy al resto del mundo. Por otra parte, narro programas de TV —Biografía y Megadesastres— para Biography y The History Channel. Estoy en conversaciones con dos universidades del exterior para el ciclo de charlas “Las telenovelas: el nuevo señorío de la literatura de folletín”.

-¿Por qué recordar a Cabrujas ahora en 2008?
-Quizás por la misma razón que la Fundación para la Cultura Urbana organizó, durante el 2007, el seminario Cabrujas: las múltiples facetas y convocó a Yoyiana Ahumada, Isabel Palacios, Pablo Antillano, Manuel Bermúdez, Isaac Chocrón, Tulio Hernández, Rodolfo Izaguirre y Teodoro Petkoff. Digamos que a casi 12 años de la desaparición del dramaturgo, actor, director de teatro, ensayista, cronista, libretista de TV y guionista de cine, su voz aún resuena entre nosotros. Por eso ahora la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) decidió editar un libro con las ponencias presentadas entre el 21 y 24 de enero, de este 2008, bajo los auspicios de la Subdirección de Investigación y Postgrado del Instituto Pedagógico. Inicialmente quisimos hacerlo el año pasado cuando Cabrujas habría cumplido 70 años, pero el clima político del país nos obligó a diferir la fecha.

-¿Qué fue lo que hizo Cabrujas?
-Si pensamos en su dramaturgia y le echamos un vistazo a Profundo (1971) notaremos que al excavar poniendo en peligro los cimientos de la casa, los personajes de esa pieza teatral adquieren la dimensión metafórica del país petrolero donde sus habitantes no asumen a la riqueza como resultado de un esfuerzo constante y decidido, sino como un golpe de suerte. Todo cambiará el día que encontremos la botija llena de oro y las morocotas enterradas por la huida precipitada de algún español en tiempos de la Independencia, como diría Rodolfo Izaguirre. Si pensamos en su cine allí está El rebaño de los ángeles (1979), basada en la pieza homónima de Román Chalbaud donde el país es visto como campamento provisional de refugiados, los liceos son “fábricas de demoras” y las aulas “ámbito de resignaciones”. En dos platos: hay un insalvable abismo entre la rigidez moral de los maestros que nada tiene que ver con la insatisfecha y difícil vida de sus estudiantes. ¿Qué tan lejos puede llegar un país en el que sus educadores se vuelvan disco rayado, repetidores del caletre memorizado que no oyen al alumnado? Ese ejercicio patético de ecolalia, de locuacidad incontinente, de monólogo aburrido e interminable es otra de las tantas reflexiones ácidas que Cabrujas dejaba en boca de sus personajes. Ahí tienes a Pío Miranda en El día que me quieras (1978), un resentido social totalmente alucinado que sueña con el glorioso día en que la bandera roja de la hoz y el martillo se exhiba sobre la cúpula del capitolio. En su desvarío ese guiñapo de hombre lleva años cortejando a María Luisa Ancízar, hermana menor de Elvira quien —con mucha razón— odia a ese parásito hablador de paja que debate, arguye, cuenta, pero en la práctica es un cero a la izquierda. Quiere arreglar el mundo, se desvela por el bien colectivo, pero su vida a nivel individual inspira lástima, tristeza, fracaso. ¡Quién sabe si hasta buena parte de insomnio y onanismo! Vive con un pie aquí y otro en Rusia; ésa es su noción del paraíso. ¡De ese tamaño es su delirio! Alertarnos sobre semejantes revolucionarios fue lo que hizo Cabrujas. Advertirnos sobre esos fraudes que de llegar al gobierno se vuelven calamidad.

-¿Cómo se puede explicar lo que hizo Cabrujas?
-Cuando uno lee un texto como El país según Cabrujas -recopilación de sus ensayos publicados en los matutinos El Nacional y El Diario de Caracas e inexplicablemente no reeditada hasta hoy por el sello Monte Ávila- se puede demostrar de manera impecable algo de lo que logró Cabrujas a nivel periodístico. Expuso en columnas dominicales las grandes tribulaciones del venezolano de a pie. Tocaba sin recato alguno, los tópicos que nadie más se atrevía a dilucidar en la prensa escrita venezolana: El caso Lamaletto, la famosa lista de Piñerúa, una estatua al primer corrupto condenado por el gobierno, la quiebra del Banco Latino, por qué Claudio Fermín nunca se arrechaba, la vigencia de la totonacracia, etcétera. Tras esas crónicas había un escritor enamorado del idioma, un lector impenitente empeñado en sazonar nuestros fines de semana con opiniones frescas, insólitas, documentadas, demoledoras, repletas de ironía y muy buen humor. Sentía la furiosa llamada de esa pulsión armando en un tarde -una mañana, quizás- esos artículos en el mismo estado de deliciosa enajenación con que a menudo se zambullía en el capítulo de alguna telenovela, entregaba el alma a una pieza teatral, y se obsesionaba con la puesta en escena de Gluck o Mozart. Pero eso no es todo, Cabrujas también fue el responsable de esa rara avis que batía sus alas por Radio Nacional de Venezuela los domingos por la tarde. Me refiero a La aventura de la ópera, programa semanal que el dramaturgo escribía, narraba y musicalizaba convocando a los amantes del bel canto a una suerte de ritual donde la ternura daba paso a la melancolía, al análisis o la sonrisa. En fin, él fue ese prestidigitador que logró acercarnos a algo tan poco cotidiano como el olimpo musical donde reinan las voces de María Callas, Southerland y Pavarotti, entre otros. Así se puede explicar un fragmento de lo que hizo Cabrujas, un caraqueño con un ristra de oficios.

-¿Dejó un legado o una enseñanza en la TV?
-Por supuesto que dejó un legado, una escuela en correspondencia con el nivel de expectativas que genera la telenovela en estos tiempos. Cabrujas sostenía a pie juntillas que ese género latinoamericano por excelencia debía hacerse cada día mejor sin necesidad de transformarse en “maestrica de escuela”. Se explayaba al decir que había llegado la hora de acabar con tantos agobios (la protagonista quedaba ciega, la arrollaba un carro, después la ponían presa). Insistía en que la audiencia también quería ver algo ameno, querían verse en términos de una gracia y un humor. Recomendaba enfatizar la construcción de un galán que tuviera tanto peso como la heroína de la historia., y que se le diera mayor peso a las subtramas secundarias para que no todo recayera sobre la historia de amor. Esa especie de decálogo suyo incluido en Y Latinoamérica inventó la telenovela (2002) finalizaba con la idea de subirles el nivel de exigencia a los actores, hacerles ver que éstos debían interiorizar, profundizar y emocionarse más al momento de construir sus personajes para un espacio dramático tan importante. No en balde el maestro apeló siempre al mejor talento actoral del país. En sus culebrones y miniseries aplaudimos a Doris Wells, Miguel Ángel Landa, Marina Baura, Gustavo Rodríguez, Tomás Henríquez, Alberto Marín, Luis Salazar, María Cristina Lozada, María Teresa Acosta, Enrique Benshimol, Rafael Briceño, Amalia Pérez Díaz, Rosita Vásquez, Gladys Cáceres, Virgilio Galindo, Eduardo Serrano, Raúl Amundaray, Luis Rivas, Marisela Berti, Héctor Myerston, Caridad Canelón, Flavio Caballero, Carlos Márquez, Freddy Galavis, Carlota Sosa, Daniel Alvarado, Nohely Arteaga, Carlos Mata, Jeanette Rodríguez y Jean Carlo Simancas, porque desde la condición e historia particular de cada personaje todos ellos sonaban lo mejor posible. Y cuando uno pasaba frente al televisor nos sorprendían hablándonos desde la parcela de nuestros afectos. Había mucho de jolgorio y felicidad en sus parlamentos. Hablo de apuestas teatrales en la pantalla chica que encontraron seguidoras incondicionales en domésticas como la Yesenia (Beatriz Valdez) inventada por Mónica Montañez en Voltea pa’que te enamores, por citar un ejemplo apenas.

-¿Alguien sigue esos derroteros?
-A nivel internacional habría que mencionar a Perla Farías, Cristina Policastro, Mariela Romero y a Fernando Gaitán. Entre los escritores del patio -con idéntica impronta cabrujiana- figuran: Fausto Verdial, Ibsen Martínez, Leonardo Padrón, Alberto Barrera Tyszka, Pilar Romero, Iris Dubs, Luis Colmenares, Benilde Ávila, Iraida Tapia, Roxana Negrín, Carolina Espada y Xiomara Moreno. A excepción del difunto Verdial (1933-1997) y del periodista colombiano, los que no viven en México o Estados Unidos están allí en la trinchera de algún canal (RCTV, Telemundo, Univisión, RTI, Venevisión, Televisa) inventando historias que llevarán a los elencos de Miami a Santo Domingo, Ciudad de Panamá, Cartagena de Indias, Caracas, Canaima, Distrito Federal o San Juan de Puerto Rico para enriquecer el amplio espectro de la producción en 2008. Todos sin excepción se enfrentan a nuevas búsquedas, hallazgos, revisiones críticas y remakes que sometidas a replanteos o revalorizaciones darán más caña al trapiche de la polémica escritura audiovisual latinoamericana. Todos multiplican y diversifican la genealogía de sus historias, fantasean, pero eso sí sin perder de vista la complejidad de nuestra sociedad en los umbrales del nuevo milenio. Sus proyectos son la hiedra que ha trepado lo muros del siglo XXI, pongámoslo así. Más que el papel gramsciano de intelectuales orgánicos ellos se están acercando a la gente, a la inmensa mayoría.

-¿Se puede reproducir la fórmula Cabrujas?
-Se puede. Claro que se puede, pero antes que enjundioso análisis valorativo de su fórmula habría que decir que sus personajes trajinaban afanosamente por su libertad interior. Pilar de Cárdenas, Silvia Rivas, Dulce María Acevedo, Tirso Maldonado, Adriana Rigores, Constitución Méndez, Mauricio Lofiego, Purificación Burgos, Gabriela Suárez y Tito Clemente poseían auténtica entraña humana. No eran criaturas sin cuajo ni estilo. Cada quien tenía su modo propio y personal de afrontar, de resolver la opcionalidad continua de la vida. Poseían temple y estatura de personajes dramáticos con calidad y validez intrínsecas. Si a todo eso le añadimos la apasionante aventura de hablar como seres de carne y hueso, como gente con señorío de su voluntad para imponerse al inframundo de la mentira, la maldad, la injuria y el desamor ya tienes el mandado hecho. La audiencia seguirá esa fábula aquí y en la Cochinchina, porque -como dijera Faulkner al recibir el Nobel de Literatura- les estás hablando con verdades universales como el amor, el honor, la piedad, el orgullo, el sacrificio. Así lo entendió Inés Rodena en México, Bernardo Romero en Colombia, Carlos Migré en Argentina y Benedito Ruy Barboza en Brasil. Así lo entendió aquí en Venezuela José Ignacio Cabrujas al momento de asumir su coartada existencial como autor de telenovelas que traducían una filosofía popular nada epidérmica.

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E.A.Moreno Uribe

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