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“EL MEJOR REGALO”

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“EL MEJOR REGALO”

Un día me encontré con la ineludible curiosidad de saber para qué hacía teatro realmente, más allá de la pasión. En mi caso, nunca me ha arropado la castrante necesidad de reconocimiento y aplauso, así que esa búsqueda como actor o director me ha sido indiferente; menos pensar que ese podría ser el fin útimo de ser artista.

Desde siempre me ha atraído la labor investigativa sobre el arte dramático. Su amorosa soledad durante el acto creativo estimula mis sentidos y me hace la vida leve. Me conmueve su historia, sus raíces, el fluir de sus vertientes, su influencia social sobre el individuo que la ejerce y sobre la propia sociedad.

En ese entonces (1999) me planteé la posibilidad de hacer teatro con actores “discapacitados intelectualmente”, aplico este término porque psicopedagógicamente es el que se aplica, aunque personalmente considero que ningún individuo tiene discapacidades sino capacidades distintas a otros, percepciones diiversas, y en concordancia con ello desarrollan otras destrezas. Son seres que llegan a este mundo a provocarnos un «cambio».

Creo firmemente que la normalidad es como el sentido de la verdad, subjetiva; sobre todo si tomamos en cuenta que la emoción es la que rige el acto creativo, el más puro. En correspondencia con esto, si todos somos seres emocionales solo habrá distintos matices en las expresiones artísticas; en ello no hay minusvalía.

Por esta razón tenía plena seguridad que llevar adelante un proyecto teatral con personas diversas a las que estaba habituado, y además, con estas características de tanta ingenuidad, sencillez y franqueza, traería consigo un supremo aprendizaje para todos como equipo. Ese proyecto se llamó “socialización de personas con discapacidad intelectual a través del teatro”.

Sentí que podía, a través de ellos, reencontrarme con la esencia del arte dramático; reconocerme con él nuevamente, con ese arte donde su principio es la honestidad, donde la verdad es inalienable.

Asimismo, qué mayor franqueza que el accionar de un niño; una cualidad  que estos seres poseen. Son niños eternos, independientemente de su edad cronólogica; verdad perpetua.

Observar ese accionar, más allá de la mente, sería sin duda una escuela suprema para mí como artista.

Todos somos seres de luz, pero ellos vienen a enseñarnos el amor incondicional, la aceptación y el fluir, por encima de formas y maneras de decir o hacer tal o cual cosa, como artistas; a desnudarnos a través de nuestra obra.

A fin de cuentas, este es nuestro leitmotiv.

Tenemos tanto que reaprender.

En este contexto de utilizar el arte (el teatro en este caso) como vehículo para la integración social, se ha hecho mucho en algunos países donde se tiene el conocimiento y ante todo la consciencia sobre la importancia e incidencia positiva del arte dramático para las personas con “discapacidad”, cualquiera esta sea.

Las experiencias que pude observar con artistas invidentes, sordos ciegos o con parálisis de extremidades inferiores, me inspiraron para esta aventura.

La característica del arte dramático de aglutinar las demás expresiones artísticas, brinda en un solo espacio la posibilidad de diversificar la experiencia escénica y esto potencia el talento de cada quien.

Me enamoro a diario de cómo el teatro es capaz de hacernos conscientes.

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