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La novicia Semprún


Es más fácil hacer atinadas comedias musicales que elaborar bombas atómicas y es por eso que Venezuela lleva, a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XXI, no menos de una docena de espectáculos donde los actores ya no pueden hablar más y deben cantar y como las emociones de sus personajes son tan fuertes se ven obligados a bailar, como aconseja Bob Fosse a los que hacen ese tipo de teatro.

En Caracas, durante el siglo XX, los musicales fueron cultivados y dieron pingues beneficios a Horacio Peterson, Levy Rossell, Carlos Giménez, José Simón Escalona y Elisa Soteldo, entre otros, pero nadie fundó una escuela para capacitar artistas indispensables, exceptuando la organización Las Voces Blancas, de cuyo destino no sabemos nada en estos tiempos.
En Estados Unidos de América y el Reino Unido las comedias musicales tiene más de dos centurias y hay escuelas para capacitar al personal artístico básico, además de respetables empresas productoras que mueven millones de dólares para sus montajes, los cuales mayoritariamente son exhibidos en Nueva York o Londres, al mismo tiempo que exportan los guiones o libretos tutorados para redondear así el negocio. Por supuesto que Washington y Londres si producen armas nucleares, pero de eso no se habla en los periódicos.

Recientemente, en la capital venezolana, tras las producciones de Michael Hausmann y César Sierra, irrumpe Vicente Albarracín con la dirección general de La novicia rebelde, producción de Escena Plus y Showcenter que se muestra en el Teatro Teresa Carreño, protagonizada por Mariaca Semprún y Rolando Padilla, escoltados por Gustavo Rodríguez, Julio Alcazar, Lucy Ferrero y Fanny Arjona, además de un septeto de niños y 35 actores que cantan y bailan, acompañados por orgánica Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho, bajo la diestra batuta de Elisa Vegas.

Esta novicia rebelde venezolana, con música de Richard Rodgers y líricas de Oscar Hammerstein y el libreto de Howard Lindsay y Rossel Crouse, es un edulcorado cuento híbrido de Cenicienta con Caperucita Roja, azul en este caso, donde la bruja mala o el lobo feroz es el fascismo nazi que le complica a la vida a la ex novicia casada con un capitán naval austriaco que además le agrega los siete hijos de otro matrimonio. Amor con obstáculos.

Lo interesante e histórico de esta producción es la presencia del gran talento actoral, vocal y musical venezolano, formado con muchos sacrificios, pero que ha permitido ponderar y exaltar la magia de Vicente para sincronizar a Mariaca, Rolando, Gustavo y todo ese elenco profesional que disfrutaron e hicieron soñar a la audiencia con ese cuento rosa, que por supuesto no llega ni a los tobillas de la historia real que lo inspiro: una familia austriaca desplazada por los enloquecidos alemanes. Locura fascista que recorre al mundo para no dejar dormir a nadie.

Con ese talento ahí involucrado se pueden hacer otras comedias musicales menos light y adecuadas para los tiempos que vivimos. Hay títulos foráneos importantes que son costosos por los derechos de autor, pero hay piezas venezolanas no tan caras. Se pueden hacer a pesar de tener un número pequeño de esos súper actores que exigen semejantes espectáculos, además de la superabundancia de músicos. ¿Quien le pone el cascabel al gato?

E.A. Moreno Uribe

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