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El desvarío de Stalin


¡Alerta! Lo estamos escribiendo desde que despuntó el siglo XXI. Hay una nueva generación de teatreros versátiles. Son jóvenes que se han tomado en serio la formación y se internaron en universidades o institutos superiores. Algunos, como el caso de Dairo Piñeres y sus “pollitos” del grupo Séptimo Piso, ya están en el campo profesional y además ganando premios. Hay otros, como Oswaldo Maccio, Juvenal Vielma y Stalin Rodríguez, que hacen todos los esfuerzos posibles para hacerse conocer, sin tremendismos y sin desplazar a nadie porque los espacios que están ocupando estaban vacíos ante la desaparición o deserción completa de una generación diezmada por el Sida o atrapada por quimeras allende las fronteras.

Hoy vamos a reseñar el estimulante caso de Stalin Rodríguez, el líder artístico de la Fundación Compañía Teatral Piso Creativo, la cual acaba de realizar una corta temporada, en la Terraza del Ateneo de Caracas, con la pieza El desvarío, de Jorge Díaz, puesta en escena correctamente por José Antonio Barrios y resuelta satisfactoriamente con las actuaciones de José Alfredo Figueroa, Ninoshka Carreño, Miguel Ángel Salas y Vicente Pereda.

El desvarío, una de las últimas piezas del destacado dramaturgo chileno Jorge Díaz (1930-2007), es una comedia dramática sobre la incomunicación de las parejas, centrada en la compleja relación matrimonial de Soledad y Andrés, donde orbita Lucas, como tercero en discordia, y para condimentar esa “sopa de lentejas” irrumpe el travestí Roberto, aficionado a la opera, que aporta lo suyo en ese cuarteto. Esa casi inverosímil situación, dentro del mejor teatro del absurdo ionesquiano, pretende demostrar que las cosas no son como aparentan, sino que hay una serie de complejidades en las relaciones sociales, que hay que conocer y afrontar para que esos famosos 15 minutos de felicidad no solo duren sino que de verdad lleguen a los seres humanos. Todo es posible, basta que sea de origen humano. Y hay que luchar, hasta donde se pueda para resolver las carencias afectivas y satisfacer hasta los deseos más ocultos.

Hay que recordar que Jorge Díaz conoció durante los años 50 lo lúdico y lo conceptual del teatro absurdo europeo, al cual después disfrutó mucho más, porque vivió desde 1964 a 1994 en España. Él reiteró que su vasta producción dramatúrgica (más de 90 piezas) no debía ser rotulada de “absurda”, sino más bien como muestra de teatro ecléctico, donde “está todo lo que la sociedad le va entregando dentro del ámbito en que mueve. Por lo tanto todo lo que recibe es social y lo expresa y lo tamiza a través de su propia vivencia… esa interacción es lo que produce el arte y no solamente el arte teatral sino que otras formas artísticas tambien. Es imposible estar ajeno o separado de la sociedad. Uno esta inmerso en una sopa social”.

Ojalá que Stalin Rodríguez y su gente no se olviden nunca que el teatro es eso: una sopa social, un acto comunitario, una fiesta colectiva.

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E.A.Moreno Uribe

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