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Carta de un loro


Señores  diario "El Nacional"

Estimados  periodistas, me animo a escribir esta carta después de haber leído en tan prestigioso diario, una serie de misivas escritas por algunos insectos, yo me dije: si los loros somos los únicos animales que hablamos, ya es hora de que se sepa que  también podemos escribir, así, por primera vez se va a saber la verdadera historia de los loros. Los seres humanos van a entender con toda su crudeza lo que significa ser loro.

La vida de un loro de los que llaman real (injustamente porque es lo menos que tenemos)  comienza como a las siete de la mañana cuando nos quitan el trapo que cubre nuestra jaula. Allí empieza el trato ridículo que los humanos nos profesan; en vez de decirnos: hola, buenos días, ¿cómo pasaste la noche?, bonito el trapo ¿no? ¿quieres un café? o algo así, no,  me tratan como si yo fuera un estúpido incapaz de entender o hablar: "truua lorito, lorito real" y comienza la maldita pedidera de patica. "Póngale pan mojao con leche y semillas de girasol, por ahí sobró un pan viejo y una leche que quedó anoche fuera de la nevera" y uno con aquella arrechera viendo a todo el mundo tomando café con leche, caraotas refritas, crema de leche, huevos con arepitas. Dígame cuando hacen perico, que como es natural es uno de mis platos preferidos, yo comienzo a gritar desesperado para que me den: perico, perico, perico, se ríen de mí. Creen que estoy diciendo una grosería y me dan con un periódico en la cabeza.

Ya de verdad no aguanto más esa pedidera de patica todo el santo día. Cuanto muchacho bolsa va a la casa comienza: la patica, la patica, la patica, hasta que con resignación se la doy para que dejen de fastidiar. Menos mal que no soy un pato que le piden la patica y da otra cosa.
A la gente le llama mucho la atención que tengo la lengua seca cuando les doy la patica. Y ¿cómo no la voy a tener seca? si me muero por echarme un palo y lo que me dan es cambur.
Yo vivo en un balcón en el lavadero del apartamento. Hay una señora que trabaja en esta casa que me tiene rabia y dice que yo y que soy cochino porque ensucio todo, pero ¿cómo no voy a ensuciar, si estoy cansado de pedir una pocetica para loro de esas que anuncian en los simpáticos y amenos programas de ventas por televisión y nadie es capaz de llamar a World – Supermarket, llame ahora, me canso de decir.

A veces un hijo de mis dueños me saca a la calle, realmente son  mis únicos momentos  más o menos felices, ya que salimos a echar vaina y hasta cerveza me han dado. Claro que no es lo que yo desearía de una salida donde pudiera hablar sin tapujos de política, economía, psiquiatría, etc. Pero algo es algo, lo único que tengo que hacer es decir algunas groserías y repetir boberías, porque es que la gente en general, se pone con los loros como cuando se encuentran con un bebé recién nacido, parece que el encuentro les afecta el cerebro y comienzan a hablar en chiquito o en  loro: "a gugugu, llindo palle o trua, truua, truua" según sea el caso.
No aspiro mucho de la vida, me gustaría conseguirme una lora que no hable mucho, comer vainas normales, visitar de vez en cuando algún escritor famoso para que me enseñe palabras nuevas. Los loros somos simpáticos, conversamos, damos la patica, hacemos gracias. Entonces, creo que merecemos mejor trato, y no que nos compongan canciones discriminatorias como esa que dice: "yo no me explico como el perico teniendo un hueco debajo del pico pueda comer, no puede ser"  ¡Sí puede ser!

Ya para terminar, quisiera animar a otros animales para que escriban y cuenten su vida. Felicitaciones a "El Nacional" que es el único periódico que ha contratado un sapo que escribe poemas en esta misma página. Lo que no me gustaría es una carta del burro, porque el tiene la letra grande y negra y eso asusta.
Sin más, me despido ya casi con el trapo encima:

L. Oro

Claudio Nazoa

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