Después de un lunes extenuante que parecía no acabar, repleto de encuentros laborales infructuosos, horas de tráfico, amonestación de un policía por el uso del celular mientras manejaba, quejas a larga distancia de mi mamá por sus múltiples dolencias y la tremenda sensación de indefensión que invade, a ratos, a cualquier mujer que lleva sola un hogar, finalmente y ya muy cerca de las 10 de la noche llegué a casa, no sin antes pasar rapidito por el supermercado 24 horas a comprar unas cosas que se habían terminado de la nevera durante el fin de semana de hibernación de mi hijo de 19 años.
Cargada de bolsas y paquetes de la compra subí al apartamento y al abrir la puerta dos sonrisas me recibían dándome las buenas noches: la de mi hijo de ocho años Luis Francisco y la del gato. Mi hijo me abrazó y de inmediato corrió hasta el ascensor para ayudarme a sacar las cosas; el gato no hacía más que atravesarse entre mis piernas exigiéndome caricias.
Después de colocar todo en su lugar e insistirle a Luis que se lavara los dientes y se fuera a dormir, me senté frente a la ventana a tomar un vaso de agua. Sin escuchar mis instrucciones de acostarse pronto por aquello del deber de llegar al colegio muy temprano, el pequeño gurú con el que vivo le devolvió la calma a mí, de momento, atribulada vida, cuando acariciándome el cabello me dijo “mami, tú eres tan linda y tan buena que mereces ser la esposa de Dios.” Acto seguido un beso y a la cama.
Me quedé incrustada en el sofá sin poder ni siquiera parpadear, pensando en la frase pronunciada por mi pequeño, tremendamente preocupado quizás por mi aparente soledad, mi aparente cansancio, mi aparente tristeza. No pude evitar quedarme colgada de la luna inmensa que se dibujaba en el cielo y por la que desfilaban imágenes de parejas felices en las que las esposas son reinas de cuentos y los esposos se ocupan de absolutamente todo: hacen las compras, llevan los niños a la escuela, trabajan de sol a sol para que la abundancia se sienta en el hogar, regalan flores los sábados en la mañana, compran vestidos bonitos que ellas quieren usar, pagan la peluquería, organizan los paseos y las vacaciones, van a las reuniones de condominio, del colegio, llevan el carro al taller. Tratándose de temas de esposas, apareció el Rey Salomón en mis pensamientos y me preguntaba qué se sentía ser la esposa del hombre más sabio de la tierra. Una de las mil que tuvo en su harem. Quizás sería un honor ser la número 325 o la 930. Y qué hay de serlo de Enrique VIII? Seis esposas. Buen consuelo habría sido ser Catalina de Aragón o Ana Bolena o cualquiera de las otras cuatro. Total, esposa es esposa.
Pero en mi caso, el gesto noble de Luis al decirme con su comentario lo mucho que yo valgo para tal merecimiento tiene otra connotación. Ser la esposa de Dios no es más que tener a mi lado al compañero más excelso del universo: el que siempre está, el que no abandona, el que da fuerzas para continuar, el que consuela cuando tienes miedo, el que aplaude cuando lo haces bien, el que se hace sentir aún en ausencia, el que es leal, el que es.
Quien quita y en este instante el esposo que mi hijo quiere para mí ya se encuentre descendiendo de los altares para venir a mi encuentro.
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